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“Nos dio por llorar mientras llovía” por Gloria Caballero

Hace unas semanas presentamos en el Colegio Logos de Las Rozas Nos dio por llorar mientras llovía de Vicente Araguas. Traemos aquí la memorable presentación del libro que llevó a cabo la profesora Gloria Caballero, gran conocedora y estudiosa de la obra de Araguas.

“Buenas tardes a todos, una vez más tengo el privilegio de presentarles el último libro de Vicente Araguas, esta vez se trata de un conjunto de relatos en prosa, algo, a lo que, al menos a mí, no nos tiene demasiado acostumbrados, aunque no se trata, desde luego, de su primera incursión en el campo de la prosa. Sin embargo, difícilmente puede un poeta dejar de serlo, y esa vena lírica late de forma casi constante en esta nueva travesura narrativa, que como en otras ocasiones nos hará sonreír, recordar y emocionarnos.

Es sorprendente como en menos de ciento cincuenta páginas, Vicente nos hace cómplices de los retazos de vida y de las vicisitudes amorosas o no, de más de cincuenta personajes repartidos por cuarenta relatos; algunos inventados, pocos, los más, trasuntos literarios de personas reales, que a veces camuflados, a veces con nombres y apellidos, (Cuco, tío Jorge, Luisón o tío Antón) nos regalan la melancolía de sus fracasos, sus ilusiones, sus topetazos con el destino, sus encuentros y desencuentros con el amor, sus recuerdos, y sus silencios.

Nos dio por llorar mientras llovía” es una frase o un verso, como se quiera ver, contenido en uno de esos relatos de amores reencontrados en la barra de un bar pero sin posible continuidad, en el que los amantes solo pueden, desde la ternura del recuerdo de las caricias perdidas, llorar bajo la lluvia por ese sentimiento que jamás podrá volver a andar de su mano: “Llorábamos los dos con esa cara de poema que pone la gente perpleja, la gente que no sabe qué hacer de su vida, la gente que se quiso un día y se vuelven a encontrar al borde de una barra al filo de una autopista y lloran juntos por lo que nunca volverá a ser. Jamás”

Y de nuevo la lluvia persistente e incondicional de Vicente, compañera de tantos versos y último remanso de nostalgia en las tardes solitarias del poeta. De nuevo asoma en estas páginas, como no. Se presenta en el propio título, lluvia pertinaz, terruñera, cómplice de lágrimas y de confidencias: “Entonces fue ella la que puso su hombro sobre el mío y busco mis labios y fuimos dos lenguas en una, los ojos tan cerrados como la noche que se abría sobre nosotros a modo de paraguas contra los malos pensamientos. Pero no, sin embargo, contra la lluvia que caía sobre nosotros, menuda, primero, luego más definida, y aún así pesarosa de interrumpirnos, ahora los dos una estatua de sal que el agua comenzase a deshacer.”

Estilo absolutamente definido y personal tanto en la forma de contar como en la originalidad de las formas narrativas que emplea: textos sin puntuación, conversaciones con un solo interlocutor, lenguaje directo, eficaz, cotidiano, sin palabrería vana ni pretenciosa, el verbo preciso para el sentimiento o el recuerdo que toca abatir en cada momento. Lectura entrañable, avivada por diálogos vertiginosos y monólogos contundentes y sustanciales.

Temáticamente son relatos donde las pequeñas cosas que pasan a diario, las noticias que nos sobrecogen, la guerra y la posguerra que aún palpita y sangra, las redadas voraces en los bares prohibidos del pueblo, las anécdotas de toda una vida, se erigen en blanco de la mirada del autor.

Y el amor, el amor siempre se cuela por alguna rendija; entre renglón y renglón aparece con todos sus disfraces y edades: el amor que huye, el amor prohibido, el amor incondicional, el concupiscente, el amor que mata y el que muere por amor cuando el amor se prefija y deja de serlo. Pero aunque en la mayoría de los casos los personajes no salgan bien parados en estas lides del corazón, en ningún momento nos sentiremos zarandeados con la sensiblería amatoria, ni con los arrebatos románticos típicos del tópico amoroso.

 “Sentimental como es, juguetona como suele, traviesa por costumbre, graciosa desde siempre, danzarina al azar de un columpio, cantora en el momento previo, fumadora en el que viene después, limpia de limpieza neta, cuerpo muy abierto en los preliminares, mente tan abierta al subir; tumba abierta al descender, enredadera cuando abraza, rosa brava al desenlazarse, maravilla en todo caso…”

Son quereres con los que cualquier lector se puede sentir identificado, porque, quién no ha amado en silencio alguna vez, o se ha tropezado en el encuentro torpe y atropellado del deseo con la piel del otro, o ha abandonado un barco encallado que hacia aguas para saltar a tierra, y empezar a respirar de nuevo una brisa diferente, aunque con ello nos convirtiéramos en los culpables de algún naufragio.

Quizá el encanto o el encantamiento de estos relatos reside en su tono nítido,  creíble, donde los chispazos eróticos saltan con la misma delicadeza que las más tenues ternezas amatorias: “Que iba a ocurrir y ocurrió sobre la arena húmeda moldeando incómodamente ambos cuerpos, tan solo desnudos a medias, con esa cosa frágil y un tanto patética que tiene el amor efímero cuando no termina de desvestirse y deja que la luna sea la única que se muestra enteramente huérfana de todo, también de pudor.”

A la manera galdosiana algunos de sus personajes navegan entre las bambalinas de otros relatos o de otros libros, como la perversa Maragota, el apenado tío Eudaldo o la ya conocida y liberal Renata, aquella chica alemana que hizo su primera aparición en “No se llora con la boca llena” y que le ofreció al niño Vicente la primera visión de una mujer desnuda en aquel barco cerca de la costa de Palma.

“Yo nunca había visto a una mujer desnuda, créame, nunca, nunca, hombre, alguna teta al aire, eso sí, pero porque entonces la lactancia materna era cosa obligada y ya comprenderá que cuando tocaba mamar las mujeres no se cortaban un pelo, teta para afuera y el rorro a chupar se ha dicho, que son cuatro días, ahora, una mujer desnuda por entero ni de Blas, no, señor, ¿en fotos?, ¿está usted de broma?, ¿pero es que no se enteró todavía de lo que era el nacional catolicismo? Cierto, en una cosa del Domund o no sé qué salían unas negritas en pelotas, pero ya se ve que aquello no debía de ser mucho pecado, que siempre hubo clases, incluso para el despelote, ¿en las playas, dice?, me está usted tomando de coña definitivamente, aquellas playas, entérese bien enterado, ya no es que estuviesen pobladas de tropa textil, como se dice hoy, es que prácticamente íbamos vestidos, incluso después de la guerra las playas estaban divididas por una cuerda en función de los sexos, y había que llegar hasta la orilla en albornoz para entrar en el mar una vez desprovistos de él, cubiertos todos por unos bañadores pudorosísimos, y esto es lo que había…”

Palabra ágil, nítida, infatigable. No da tregua al lector, lo mantiene alerta y atento desde la primera a la última página. Lo que confiere individualidad a su prosa estriba tanto en lo que leemos como en lo que simplemente se insinúa.

Te hace imaginar ante cada nuevo título, con qué nuevas peripecias y disquisiciones, van a deleitarnos o a entristecernos sus personajes; ahí queda la última fiesta sin retorno de Marta mientras su padre esperaba su regreso, ya dormido, viendo un documental de animales; o aquella mujer que se entregó a las aguas de la ría porque, sí… de amor aún se muere.

 Títulos con sabor a bolero: Musitando palabras de amor o Solamente una vez.

Solamente una vez ocurren determinadas cosas en la vida pero la congoja que tiene el coronel Pardo Santallana en este relato, tiene poco que ver con la letra del bolero original, eso sí, aunque algo agria, nos arrancará una sonrisa.

No son títulos rimbombantes ni efectistas, y sin embargo, suscitan la curiosidad del lector de inmediato, de una forma absolutamente cordial, natural, rayando en la oralidad, sintácticamente deliciosos:

La del alba sería 

A Ernesto Friol le pudo la belleza 

El primer amor es lo que tiene         

Es lo que hay que hacer en estos casos

En Aranjuez desespero

Al derrapar, la Vespa hizo un trompo

Otro de los aciertos de este libro es la extraordinaria dosis de humor que preside una buena parte de los relatos, humor certero y elegante, que se retrae ante aquellas historias que se tiñen de tristeza cuando, como dice el autor: “Lo que ha sido ya no es y luego es solo después”

Nos dio por llorar mientras llovía es una invitación al universo cotidiano y vital de Vicente, una confesión, un compendio de recuerdos y vivencias, donde lo escuchado, lo imaginado y lo sentido se entremezclan y conforman un libro maduro y conmovedor.

Nos dio por llorar mientras llovía necesita poca presentación más, juzguen ustedes mismos y disfruten tanto como yo de su lectura.

 Gloria Caballero

 

 

Novedad: “Nos dio por llorar mientras llovía” de Vicente Araguas

Nos dio por llorar mientras llovía, título número 9 de nuestra colección Alquisa de narrativa, contiene un conjunto de relatos sobre diferentes maneras de querer, del amor juvenil hasta el más maduro, con el sello común de la derrota. “No hay amor feliz”, dice la cita de Louis Aragon que abre el libro. Y por ello los personajes de Araguas incurren una y otra vez en el naufragio, a sabiendas de que saldrán a flote a la espera de una nueva embestida del oleaje. Con estilo rico en el concepto y elegante en la manera, el lector encontrará en este libro todo menos un manual de instrucciones. Que cada quien se equivoque como quiera, como dijo el otro, pero que no pierda las ganas de seguir intentándolo. Lirismo, humor, gotas surrealistas, línea clara o esperpéntica, todo esto contiene un libro que nos habla de un autor en la cresta de una ola donde surfean sentimientos y personajes. Mientras, sobre el mar, en el exterior del Auto-Grill, llueve y llueve.  

Vicente Araguas (Neda, Coruña, 1950) es un todoterreno de la literatura, bien que con especial atención a la poesía. En el territorio narrativo es autor de dos novelas en gallego, Agora xa foi y A canción do verán y de un volumen de relatos, Xuvia -Neda, del que hay traducción al castellano con el mismo título. Nos dio por llorar mientras llovía es su primer volumen de relatos escrito directamente en español. Vicente Araguas viene ejerciendo la crítica literaria, en “El Urogallo”, “Revista de Libros” y “Leer”, al tiempo que el periodismo de opinión y “de batalla” en prácticamente toda la prensa gallega.